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Es noche de oración y noche de arte,
noche de amor, de Dios, noche de ensueño,
congregados en templo madrileño,
cada uno lo mejor queremos darte.

No queremos que sea mero aparte,
y quedarnos tan solo en el diseño,
queremos que ya siendo nuestro dueño,
te vivamos entero, nunca en parte.

Cuánto de voluntad hay en la vida,
cuánto de hacer el bien por el hermano,

mas si el alma de Dios aún no está herida,
y distingo entre próximo y lejano,

llego a todo lo humano a dar salida,
mas no puedo decir que soy cristiano.

N.A.O. III, I.
Lo que vieron nuestros ojos

Los ojos para ver que tú me diste,
se extasían de todo lo que has hecho,
y luchan por estar siempre al acecho
y verte en toda vida que ya existe.

También ven el dolor y ven lo triste,
la injusticia del mundo, lo maltrecho,
todo lo que decimos “no hay derecho”:
“ver” no para “decir” solo consiste.

Si vemos la injusticia de este mundo,
por mucho que nos duela y dé coraje,

lo que vemos será solo fecundo
si optamos por quitar tanto ropaje,

que impiden ver la esencia, lo profundo,
de lo único que salva, tu Mensaje.

N.A.O. III, I.
Lo que viste, María

Di, María, qué viste en el camino.
Yendo hacia Egipto, miedo en el desierto;
siendo niño, inquietud por tanto incierto;
y a los doce, vislumbras su destino.
Cuando haces que convierta el agua en vino,
su Mensaje dejaste al descubierto;
desde ahí hasta ver costado abierto,
fuiste viendo su amor a lo divino.
No dejes de decirnos lo que viste,
pues queremos obrar en consecuencia.
Los errores no te hagan, Madre, triste,
sino nos insinúe tu advertencia,
de que felicidad mayor no existe,
que al Mensaje entregar nuestra existencia.

N.A.O. III, II.
Lo que hemos oído

Si decimos que oímos tu llamada
a vivir todo entero tu Mensaje,
sometemos la vida al arbitraje,
de a todo el mundo en ella dar entrada.

No se puede cambiar sólo fachada,
y, si acaso, cambiar sólo lenguaje;
sin levantar entero todo anclaje,
no habremos entendido quizás nada.

Nos prohíbe Jesús, rotundo y claro,
anunciar cual Mesías verdadero,

a aquél que con mi vida no declaro,
me permite seguro y asidero,

y que no ponga en él todo mi amparo.
¿Oigo, Señor, lo tuyo o lo que quiero?

N.A.O. III, II.
Lo que oíste, María

Lo primero que oíste fue su llanto,
después de que Gabriel te lo anunciara,
y oíste el chillido y algazara
de quien por hijo y niño era tu encanto.
Y oíste al carpintero, en adelanto,
clavar de forma firme y clara,
sonido que sabías se compara
al de clavar en cruz, muerte de espanto.
Te aprestas a escuchar nuestro lamento,
pues tuviste muy duro aprendizaje;
perdemos en gritar todo el aliento,
sin saber que el silencio es tu lenguaje.
Oírte como ella es fundamento,
de estar desde el principio en tu Mensaje.

N.A.O. III,III.
Lo que tocaron nuestras manos

Nuestras manos tocaron el dolor,
tocaron la miseria, el hambre y frío,
sintieron de la muerte el desafío,
perder toda la vida su valor.

Huyeron con la bolsa del traidor,
con espinas pusieron desvarío,
quisieron humillar el señorío,
de quien nos respondía con amor.

¿Cargaron con la cruz hasta el Calvario?
¿Fueron quizás, con él crucificadas?

Siendo igual con amigo que adversario,
oyendo y respondiendo a sus llamadas,

deberían servir como sudario,
y en curar y servir sólo empleadas.

N.A.O. III,III.
Lo que tocaste, María

¿Fue, quizás, darle a luz satisfactorio?
Fuiste Madre de un cuerpo consagrado,
y lo mismo que estando a tu cuidado,
lo acogió tu regazo mortuorio.
Tocaste y ofreciste en ofertorio,
a un Dios que en ti al mundo se ha bajado;
dichosas esas manos que han tocado,
sólo a ti, lo esencial y lo accesorio.
Y ahora recordamos su Palabra,
que es feliz el menor en este mundo,
que su vida al Mensaje solo se abra,
y yendo a lo esencial, a lo profundo,
el terreno rotura, lo ara y labra,
para que en todo el mundo sea fecundo.

N.A.O. III,IV.
Lo que hemos olido y saboreado

Si entero tu Mensaje hemos olido,
si del Padre el amor saboreado,
por supuesto la vida habrá cambiado,
de esencia, de accidente y cometido.

Siento en mi corazón todo latido,
de hermano que está cerca o alejado,
sobre todo al que todo le han quitado,
y al que mucho más tiene han añadido.

Gustar la destrucción y desencanto,
oler toda miseria y la pobreza,

y quitar a este mundo todo encanto,
es vivir sin sentido ni cabeza.

Mas si por el Mensaje me decanto,
ya no habrá mal, ni guerras, ni tristeza.

N.A.O. III,IV.
Lo que sentiste y gustaste, María

Al final te sentiste abandonada,
gustaste de la sangre su amargura,
con razón quien predijo tu ventura,
te ve ser traspasada por espada.
A un nuevo Testamento das entrada,
y en ti hace el antiguo sepultura,
tú sentiste el dolor de esa ruptura,
el gozo de lo nuevo… poco o nada.
Tu dolor sigue vivo en esta tierra,
para ti sigue siendo un crucifijo,
pues quien a lo que ve sólo se aferra
sin hacer en verdad lo que él nos dijo,
la puerta de lo nuevo así la cierra,
e inútil fue tu ver en cruz al Hijo.

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